Lo bueno para uno y lo útil para los demás.









Que tu alegria sea la alegria de mi alegria.

Espero encontrar lo bueno para mí y lo útil para los demás.

Don Juan


 

                                 

Don Juan




Don Juan yo no quiero
Tener vuelo de jilguero
Yo si, yo prefiero
como el condor volar hondo
por el viento.
Nahual, de un nahual, nahual.

Don Juan yo no quiero
Tener vuelo de jilguero
Yo si, yo prefiero
Ver el mundo con los ojos
De un guerrero
Nahual de un nahual, nahual de la paz.

Tal vez algún viento
Ponga el cielo con tormenta
Dame algún celeste
Y pondré el cielo de fiesta
Como un sol.
Sol sol de un nahual, nahual
Como un sol.

Vestido de fantasma
Volaré rumbo al invierno
Y un duende transparente
Me dirá si estoy presente
Junto al sol.
Sol sol de un nahual, nahual
Junto al sol.

La duda y el lamento
No es el modo de un guerrero
De un nahual, de la paz, nahual.







El universo entero es energía, percibir esa energía es percibir la naturaleza intrínseca de todo. La base social de la percepción es la certeza física de que el mundo está compuesto de objetos concretos, y ajustamos nuestra percepción a un molde. Este molde pierde su poder cuando nos damos cuenta de que lo hemos tomado como herencia sin tomarnos la molestia de examinarlo. Percibir la esencia de todo es clasificar y describir el mundo en términos completamente nuevos. De esta manera llegamos al Ver. Primero se ve la esencia de los seres humanos como huevos luminosos. Al ras del huevo luminoso hay un punto al que se le llama punto de encaje. Es por este punto por donde percibimos. Cuando el punto de encaje está en su posición habitual, el comportamiento, la conciencia de ser y la  percepción de las personas son “normales”. Pero cuando se mueve a un lugar diferente a lo habitual, el insólito comportamiento de las personas es prueba de que su conciencia de ser y su percepción son diferentes.
Para romper el paredón que mantiene fija nuestra percepción necesitamos energía, la cual se consigue siguiendo el  camino del guerrero. Con energía Ver sucede de por sí.
El truco está en abandonar el fortín, dentro del cual nos resguardamos, la falsa seguridad del sentido común. Para ello se necesita confiar en el nahual.
Estamos dentro de una burbuja, y esa burbuja es nuestra percepción, somos colocados en ella, en el momento de nacer, al principio está abierta, pero luego empieza a cerrarse, hasta que nos sella en su interior.
Una vez roto el sello, el guerrero nunca vuelve a ser el mismo, tiene ya dominio de su totalidad.
La mitad derecha es el centro máximo de la razón, el tonal, el hombre exterior, mientras que la mitad izquierda es el centro máximo de la voluntad, el nahual, el hombre interior.
Las alas de la percepción, pueden llevarnos a los más recónditos confines del nahual o a los más inconcebibles mundos del tonal.
Todo ser humano, al nacer tiene dos partes, una tonal y una nahual.
El tonal es la persona social, es un protector, un guardián que la mayoría de las veces se transforma en guardia. El tonal es el organizador del mundo, en sus hombros descansa la tarea de poner en orden el caos del mundo. Todo cuanto sabemos y hacemos es obra del tonal. Lo que se ocupa de dar sentido a nuestra conversación es el tonal.
Sin él sólo habría sonidos raros y muecas y no comprenderíamos nada. El tonal es un guardián que protege algo muy valioso, nuestro ser, por lo tanto una cualidad nata del tonal es la de ser astuto y celoso por su obra. De allí que con el tiempo se convierta de guardián en guardia. Un guardián es magnánimo y comprensivo. Un guardia siempre es un vigilante y déspota insoportable. En nosotros el tonal se termina convirtiendo en guardia. El tonal es todo eso para lo que tenemos una palabra y como está hecho de sus propios hechos todas las cosas caen bajo su dominio.
El tonal está íntimamente ligado a nuestro nacimiento, empieza en el nacimiento y termina en la muerte.
Todo cuanto conocemos en nosotros mismos y en nuestro mundo está en la isla del tonal.
El nahual es la parte de nosotros mismos con la cual nunca tratamos, para la cual no hay nombre, ni sensaciones, ni sentimientos, ni conocimiento.
El nahual está al servicio del guerrero, puede ser visto, pero no puede hablarse de él. El nahual está allí alrededor de la isla, allí donde el poder se cierne.
No se puede poner palabras a lo que está más allá de la isla... simplemente es el Nahual.
Cuando el Nahual aparece es cuando valoramos lo que somos.
En tanto que el Nahual sólo puede ser captado por el ojo del brujo, el tonal se aprende por los sentidos. Sin embargo, tanto el tonal como el Nahual, están presentes siempre y en todas las cosas. “Ver” es percibir el nahual en todas las cosas y “mirar” es contemplar el tonal presente en todo.
Así, si un guerrero contempla el mundo como ser humano, está mirando, pero si lo hace como brujo, está “viendo”, y lo que ve es el nahual. El tonal y el nahual son dos mundos diferentes, en uno se habla, en el otro se actúa.



El conocimiento silencioso es algo que todos poseemos, algo que  tiene total dominio, total conocimiento de todo, pero no puede pensar; por lo tanto no puede expresar lo que sabe. Los guerreros creen, al  comienzo, el hombre comprendió que sabía y quiso estar consciente de lo que sabía. El error del hombre fue querer conocer directamente lo que sabía, tal como conocía las cosas de la vida diaria. Cuanto más deseaba ese conocimiento, más efímero, más silencioso se volvía. Ese conocimiento silencioso, que nadie puede describir, es, por supuesto el Intento, el Espíritu, lo Abstracto.
El  hombre renunció al conocimiento silencioso por el mundo de la razón. Cuanto más se aferra al mundo de la razón, más efímero se vuelve el conocimiento silencioso.
Así surgió la idea de un “yo” individual; a medida que el  “yo” individual se tornaba mas fuerte; el hombre fue perdiendo su conexión natural con el conocimiento silencioso. El hombre moderno siendo heredero de tal desarrollo, se encuentra tan irremediablemente alejado del conocimiento silencioso, la fuente de todo, que sólo puede expresar su desesperación en cínicos y violentos  actos de autodestrucción. La causa del cinismo y la desesperación del hombre, es el fragmento de conocimiento silencioso que aún queda en él; un ápice que produce dos cosas, permite vislumbrar al hombre su antigua conexión con la fuente de todo, y le hace sentir que sin esa conexión, no tiene esperanza de satisfacción, de logro, o de paz. Entonces, la guerra para un guerrero, no significa actos de estupidez individual o colectiva, ni una violencia absurda. La guerra para el guerrero es ir en contra de ese “yo” individual, que ha privado al hombre de su poder.
Habiendo perdido toda esperanza de volver al conocimiento silencioso, el hombre busca consuelo en su yo individual. Y al hacerlo, fija su punto de encaje en el lugar más conveniente para perpetuar su imagen de sí.
Cualquier movimiento del punto de encaje  de su posición habitual, equivale a alejarse de la imagen de sí y por lo tanto de la importancia personal.
Estamos tan absortos en nuestros problemas cotidianos, que no tenemos la mas vaga idea de que estamos unidos a todo lo demás. El concepto cristiano de haber sido expulsados del paraíso, es una alegoría a la pérdida de nuestro conocimiento silencioso, nuestro conocimiento del intento. La brujería, es un retorno a ese mundo perdido.


Los seres humanos tienen un sentido muy profundo de la magia. Somos parte de lo misterioso. La racionalidad es sólo un barniz, un baño de oro en nosotros. Si rascamos esa superficie, encontramos que debajo hay un brujo. Algunos de nosotros tienen facilidad para acceder a ese nivel, otros en cambio encuentran enorme dificultad.
El conocimiento es un viaje de retorno, retornamos al espíritu victoriosos, después de haber descendido al infierno. Y desde el infierno traemos trofeos, el puro entendimiento es uno de esos trofeos.
El único modo de pensar con claridad es no pensar en absoluto. Para lograrlo hay que mover el punto de encaje. Si uno encara sin pensamiento, esta aparente contradicción, no es contradicción en absoluto. No mover el punto de encaje no es mas que compasión por uno mismo, uno se entrega a la forma cotidiana de pensar.
Don Juan dijo: convierte todo en lo que realmente Es: lo Abstracto, el Espíritu, el nahual. No hay brujería, no hay mal, ni demonio. Sólo existe la percepción. ¡ Sé gigantesco! , ¡acaba con la razón!.


La forma humana es una fuerza viscosa que nos hace ser lo que somos, nos posee toda la vida abandonándonos en el momento de nuestra muerte.
Aquel que abandona la forma humana, parece cruel a la hora de sus decisiones, pero sencillamente lo que ocurre, es que ya no experimenta sentimientos humanos.
Uno puede librarse de la forma humana a través de una cruenta lucha interior y su partida se manifiesta como síntomas dolorosos de una enfermedad. Un guerrero debe deshacerse de la forma humana si realmente quiere cambiar los propios hábitos.
La forma humana es lo que nos hace seguir pensando que somos lo que somos.
Cuando nos abandona, uno no es nada. Todo debe ser analizado a la luz de nuestra forma humana. Cuando no tenemos forma, nada tiene forma; no obstante, todo está presente.
La impecabilidad no solo representa la libertad, sino que es el único medio de ahuyentar la forma humana.
La forma humana es la fuerza que nos convierte en “personas”. Así que ser una persona, es ser forzado a afiliarse a la base social de la percepción.
En un momento dado, el punto de encaje del guerrero se desplaza. El movimiento inexorable del punto de encaje que se aleja de su posición original, resulta en la pérdida irreversible de nuestra afiliación, a la fuerza que nos hace “persona”.

El espíritu o lo abstracto es la búsqueda de la libertad, libertad para percibir sin obsesiones, todo aquello que es humanamente posible. Buscar lo abstracto es buscar la libertad.
Para ser un guerrero sin par, uno tiene que amar la libertad, y uno tiene que tener una despreocupación y un desinterés supremo.
Los guerreros de la libertad total, eligen el momento y la manera en que han de partir de este mundo. En ese momento se consumen en un fuego interno, libres, como si jamás hubiesen existido.
Todos nosotros tenemos ciertas ideas que deben ser rotas antes de que seamos libres.
Ser libres es estar en un estado impecable, libre de suposiciones racionales y temores racionales.
La libertad total es conciencia total. La libertad es el Don del Aguila dado al hombre. El don de la libertad es una descarga de conciencia ilimitada. Todo es una cuestión de energía. Uno debe tener suficiente energía para aceptar el avasallador don de la libertad.
La libertad es como un ave mágica, que detiene su vuelo para dar propósito y esperanza al hombre. El hombre de conocimiento vive bajo el ala de esa ave, a la cual llama pájaro de la sabiduría o de la libertad, y lo alimenta con su dedicación e impecabilidad. El vuelo del pájaro de la libertad es siempre en línea recta, ya que no puede hacer curvas en el aire o girar y volver atrás. El pájaro de la libertad, sólo puede hacer dos cosas. Llevar a la gente consigo o dejarlos atrás. El pájaro de la libertad tiene muy poca paciencia con la indecisión, una vez que se va, jamás regresa.

La mayor parte de nuestra fuerza se va en sostener nuestra importancia personal, y nuestro desgaste más pernicioso es la presentación y defensa del “yo”. La preocupación de ser o no admirados, queridos o aceptados. Si dejáramos esto de lado, dos cosas extraordinarias sucederían: una, liberaríamos nuestra energía de tener que fomentar y sustentar la ilusoria idea de nuestra pretendida grandeza; dos, nos proveeríamos de suficiente energía para vislumbrar la verídica grandeza del Universo.

La importancia personal, requiere que pasemos la mayor parte de nuestra vida ofendidos por alguien. Sin importancia personal, somos invulnerables. La importancia personal no puede combatirse con gentileza. No es algo sencillo ni ingenuo, es el núcleo de toda nuestra podredumbre. Deshacerse de ella es una obra maestra de la estrategia. En el camino del guerrero todo está oscuro. La claridad cuesta muchísimo trabajo, muchísima imaginación. Los guerreros combaten la importancia personal en términos de estrategia y no en términos de fe o moralidad.

La impecabilidad es el uso adecuado de la energía. Ahorrar energía, es ganar impecabilidad. Un guerrero hace un inventario estratégico, hace listas de sus actividades y sus intereses. Luego decide cuales de ellos pueden cambiarse, para, de este modo, dar descanso a su energía. En este inventario, la importancia personal es la actividad que consume mayor energía. Los guerreros liberan esa energía para enfrentarse con lo desconocido. La acción de recanalizar esa energía es la impecabilidad. Destruir los hábitos desprende a la conciencia de la absorción en si misma y le permite enfocarse en otra cosa.
Los guerreros se preparan para tener conciencia, y la conciencia solo les llega cuando ya no queda en ellos nada de importancia personal. Solo cuando son nada se convierten en todo. La importancia personal es la fuerza detrás de todo ataque de melancolía.

En el mundo del guerrero hay dos actividades principales, una es Borrar la Historia Personal, la otra el Ensoñar.

Para borrar la historia personal son necesarias tres técnicas:

1 - Perder la importancia personal.
2 - Asumir la responsabilidad de nuestros actos.
3 - Tener la muerte como consejera.

Lo que un aprendiz necesita para apuntalarse es la sobriedad y la fuerza, por eso el maestro habla del camino del guerrero, o vivir como un guerrero. Sin la solidez y la serenidad del camino del guerrero, no hay posibilidad de resistir la senda del conocimiento.

Con respecto a la autocompasión, uno debe entender que no hay manera de librarse de ella de una vez por todas, tiene un sitio y un carácter definido en la isla del tonal, una fachada definida que se puede identificar. Así, cada vez que se presenta la ocasión, la autocompasión se activa porque tiene historia. Si uno cambia la fachada, entonces uno habrá cambiado su sitio de prominencia. La fachada se cambia alterando el uso de los elementos de la isla. La autocompasión es útil porque hace que uno se sienta importante, digno de mejor trato o condiciones, o bien porque uno no desea asumir la responsabilidad por aquello que la despierta, o por la incapacidad de hacer que la muerte atestigüe nuestros actos y nos aconseje. Borrar la historia personal y sus tres técnicas son los medios para cambiar la fachada de los elementos de la isla.
La idea de la muerte, la responsabilidad de nuestros actos y la humildad también están allí, sólo que sin usarse nunca.
El poder da de acuerdo a nuestra impecabilidad, esa es la regla; nunca trata con un ser inmortal lleno de arrogancia, que no tiene respeto ni por su vida ni por su muerte.

Uno deja la historia personal el día que descubre que ya no le hace falta. Primero hay que tener el deseo de dejarla y luego cortarla armoniosamente, poco a poco. Se vuelve historia personal cuando alguien mas lo sabe y es uno quien gasta poder en mantenerla, y en que los demás lo sepan. Todos quienes nos conocen, tienen una idea sobre nosotros y nosotros alimentamos esa idea con todo cuanto hacemos.
Al no tener historia personal no se necesitan explicaciones, nadie se enoja ni se desilusiona con nuestros actos; nadie nos amarra con sus pensamientos. Es decir, vale más borrar la historia personal, porque eso nos libera de la carga de los pensamientos ajenos.
 ¿Cómo puede uno mismo saber quién es; cuando comprende que uno es todo lo que lo rodea?
Poco a poco hay que crear una niebla a nuestro alrededor, borrar todo cuanto nos rodea, hasta que no pueda darse nada por hecho, hasta que nada sea ya cierto.
Dejar de ser demasiado cierto, dejar de tener humores ciertos, empresas ciertas es comenzar a borrarse. Dejar de revelar lo que verdaderamente uno hace, dejar a todos los que nos conocen bien es empezar a construir la niebla a nuestro alrededor.

Cuando un hombre decide algo debe ir hasta el fin, pero debe aceptar la responsabilidad por lo que hace. Haga lo que haga, primero debe saber porqué lo hace y luego seguir adelante con sus acciones sin tener dudas ni remordimientos.
Sentirse inmortal es lo que nos hace creer que nuestras decisiones pueden cancelarse.
En un mundo donde la muerte es el cazador, no hay tiempo para lamentos ni para dudas; sólo hay tiempo para decisiones. No hay decisiones grandes ni pequeñas, sólo hay decisiones que hacemos a la vista de nuestra muerte inevitable. Toda la vida nos lamentamos porque nunca nos hacemos responsables de nuestras decisiones.
Hacernos responsables por nuestras decisiones, significa estar dispuesto a morir por ellas.

La importancia personal es la fuerza generada por la imagen de sí. Y su base es la compasión de sí, el verdadero enemigo y la fuente de la miseria del hombre.

El mundo de nuestra imagen de sí , que es el mundo de nuestra mente, es muy frágil, y se mantiene estructurado gracias a unas cuantas ideas claves que le sirven de orden básico. Cuando esas ideas fracasan, el orden básico deja de funcionar, porque la continuidad se ha roto.
La continuidad es la idea de que somos un bloque sólido; es la certeza de que somos inmutables. Podemos aceptar que nuestra conducta se pueda modificar, que nuestras reacciones y opiniones se pueden modificar, pero la idea de que somos maleables al punto de cambiar de aspecto, al punto de ser otra persona, no forma parte del orden básico de nuestra imagen de sí.
Cada vez que el nagual interrumpe ese orden básico, la razón se viene abajo. Esta ruptura es sólo un precursor. Lo que ayuda al punto de encaje a moverse, es la no compasión del nagual apelando al conocimiento silencioso.
El espíritu, al mover nuestro punto de encaje, y alejarlo de su posición habitual, nos hace alcanzar un estado de ser que podemos llamar “el no tener compasión”, por lo tanto la imagen de sí pierde su enfoque. Sin ese intenso enfoque, se extingue la compasión por sí mismo y con ella la importancia personal, que no es otra cosa que la compasión por sí mismo disfrazada.
El único camino digno es restringir nuestro apego a la imagen de sí. El apego a nuestra imagen de sí se hace sentir como una necesidad. Hay personas que no necesitan a nadie, obtienen paz, risa, armonía, conocimiento directamente del espíritu.
El nagual, además de otorgar una oportunidad mínima, que es el darse cuenta del Intento, ayuda a romper el espejo de la imagen de sí. Y cuando el punto de encaje se ha movido, el movimiento en sí representa un alejamiento de la imagen de sí, y esto desarrolla un claro y fuerte vínculo de conexión con el espíritu; después de todo, es la imagen de sí lo que desconecta al hombre del espíritu.
La importancia personal es un monstruo de mil cabezas y hay tres maneras de enfrentarse a él y destruirlo.
1-  consiste en cortar una cabeza por vez.
2-  Alcanzar ese misterioso estado de ser, llamado no- compasión, el cual termina con la importancia personal, matándola lentamente de hambre.
3-  Pagar por la aniquilación instantánea del monstruo de las mil cabezas, con la muerte simbólica de uno mismo.
Siempre es el espíritu quien decide el camino que uno elige
Lo más dramático de la condición humana, es la macabra conexión entre la estupidez y la imagen de sí. Es la estupidez la que nos obliga a descartar cualquier cosa que no se ajuste a nuestra imagen de sí. El hombre racional al aferrarse tercamente a la imagen de sí, garantiza su abismal ignorancia. Ignora que la brujería no es cuestión de encantamiento y abracadabras, sino la libertad de percibir, no sólo el mundo que se da por sentado, sino todo lo que es humanamente posible. El hombre le tiene terror a la brujería. Tiembla de miedo ante la posibilidad de ser libre. Y la libertad está ahí a un centímetro de distancia.


Acechar es un arte. Cuando los guerreros se comportan de manera no acostumbrada, en una forma sistemática y continua, las emanaciones internas que nunca se usan, comienzan a resplandecer, y sus puntos de encaje se mueven.
Así, los guerreros practican el control de su conducta. Acechar implica, entonces, un específico tipo de conducta con la gente, clandestino y furtivo.
Un acechador lo acecha todo, incluso a sí mismo. Todo lo convierte en presa, especialmente sus propias debilidades. Para ello, hay que descifrar nuestras costumbres hasta conocer las consecuencias de nuestras debilidades. Luego, uno debe abalanzarse sobre ellas y atraparlas como  un conejo en una jaula.
Un guerrero, lo que necesita para ser un acechador impecable, es tener un propósito inflexible.
Un aprendiz es alguien que se esfuerza por limpiar y revivir su vínculo con el espíritu. Una vez que el vínculo revive, no puede continuar siendo un aprendiz, pero hasta ese día, necesita un propósito indomable, un intento inflexible, del cual carece, por supuesto. Por esta razón, el aprendiz permite que el nahual le proporcione tal propósito, y, para hacerlo tiene que renunciar a su individualidad. Para los aprendices reconocer y aceptar que el nahual es el único capaz de suplir ese intento inflexible, es la parte del camino del guerrero que resulta más difícil.

Acecharse a sí mismo, significa darse un sacudón usando nuestra propia conducta en una forma astuta y sin compasión.
Usar la idea de la muerte, provoca ese sacudón mental. Nuestro error más costoso, es permitirnos no pensar en la muerte. Es como si creyésemos que al no pensar en ella nos protegemos de sus efectos.
Acecharse implicaría desviar ese poder dedicado a nuestras debilidades y emplearlo en el propósito del guerrero.
El primer principio del acecho, es que un guerrero se acecha a sí mismo sin tener compasión, con astucia, paciencia y simpáticamente.
Acecharse a sí mismo es desempolvar el vínculo con el espíritu.
Primero se debe aprender a acechar, después aprender a intentar, y solo entonces, uno puede mover el punto de encaje a voluntad.
A fin de protegerse de la inmensidad de la percepción, un brujo se acecha a sí mismo en una mezcla perfecta de no compasión, astucia, paciencia y simpatía. Estas bases son naturalmente posiciones del punto de encaje. Son cuatro disposiciones de ánimo, cuatro diferentes tipos de intensidad que se usan para mover el punto de encaje a posiciones específicas.
-         No compasión: no tener compasión, no significa ser grosero. Un guerrero no tiene compasión de nadie, pero es encantador. No tener compasión es un estado de ser, un nivel de intento.
-         Astucia: ser astuto, no significa ser cruel. Un guerrero es astuto, pero es muy decente.
-         Paciencia: tener paciencia, no significa ser negligente. Un guerrero es paciente, pero es activo.
-         Simpatía: ser simpático, no significa ser estúpido. Un guerrero es simpático, pero es aniquilador.
La regla del acecho consta de tres preceptos y siete principios.
-         Primer precepto de la regla: todo lo que nos rodea es un misterio insondable.
-         Segundo precepto de la regla: debemos tratar de descifrar esos misterios, pero sin tener la menor esperanza de lograrlo.
-         Tercer precepto de la regla: un guerrero consciente del insondable misterio que lo rodea, y consciente de su deber de tratar de descifrarlo, toma su legítimo lugar entre los misterios y él mismo se considera uno de ellos. Por consiguiente para un guerrero, el misterio de ser no tiene fin, aunque eso signifique el ser de una piedra, una hormiga o uno mismo. Esa es la humildad del guerrero. Uno es igual a todo.
Los siete principios del arte de acechar son:
Primer principio: los guerreros eligen su campo de batalla. Un guerrero solo entra en batalla, cuando sabe todo lo que puede acerca del campo de lucha.
Segundo principio: un guerrero elimina todo lo innecesario.
Tercer principio: un guerrero debe estar dispuesto y listo para entrar en su última batalla, al momento y en cualquier lugar. Pero no así nomás a lo loco. Debe aplicar toda la concentración que tiene para decidir si entra o no en batalla, porque cada batalla es de vida o muerte. Un guerrero debe estar dispuesto a jugarse la vida o lo que le queda de ella. Estar dispuesto y listo para morir. Cuando un ser humano está medio muerto, con grandes incomodidades y sufrimientos, tiende a ser tan indolente y débil, que ningún esfuerzo es posible.
Cuarto principio: el guerrero debe olvidarse de sí mismo y no tener miedo a nada. Descansar. Solo entonces, los poderes que nos guían nos abren el camino y nos auxilian. Sólo entonces.
Quinto principio: no dejarse llevar por la corriente. Cuando un guerrero se enfrenta a una fuerza superior con la que no puede lidiar, se retira por un momento. Deja correr libremente sus pensamientos. Se ocupa de otra cosa. Cualquier cosa puede servir.
Sexto principio: los guerreros comprimen el tiempo, todo cuenta, aunque sea un segundo. En una batalla por su vida, un segundo es una eternidad. Una eternidad que puede decidir la victoria. Los guerreros tratan de triunfar, por tanto comprimen el tiempo. Los guerreros no desperdician un instante, ni un momento una vez que han llegado a una decisión.
Séptimo principio: un acechador jamás deja ver su juego, jamás se pone al frente de nada. Para aplicar el séptimo principio, hay que aplicar previamente los otros seis. Los siete principios aplicados meticulosamente, le permiten al guerrero observarlo todo sin ser el punto de enfoque. Gracias a ello puede evitar o detener conflictos, o estar fuera de ellos.
Solo un maestro acechador puede ser un maestro del desatino controlado.

La fuerza rodante es una fuerza de las emanaciones del Aguila. Una fuerza ininterrumpida que nos golpea a cada instante de nuestra vida. En nuestra vida ordinaria no la vemos porque tenemos escudos protectores.
Estos escudos no nos protegen de los golpes de la tumbadora. Nos evitan ser heridos por el susto de ver que esas bolas de fuego nos golpean. Los escudos nos pacifican y a la vez nos dan una falsa sensación de seguridad.
Hay un momento en la vida de un guerrero, que pierde sus escudos y queda a merced de la tumbadora. Esto ocurre cuando el guerrero pierde  la forma  humana.
A medida que la tumbadora nos golpea una y otra vez, la muerte entra dentro de nosotros.
Cuando encuentra una debilidad en la abertura del ser luminoso, raja el capullo, lo abre, y lo hace desplomarse. La muerte es la fuerza rodante...


Como hombres comunes, no sabemos que algo real y funcional, nuestro vínculo con el Intento, es lo que nos produce esa preocupación ancestral acerca de nuestro destino. Durante nuestra vida activa nunca tenemos la oportunidad de ir más allá del nivel de la mera preocupación, ya que desde tiempos inmemoriales, el arrullo de la vida cotidiana nos adormece. No es hasta el momento de estar al borde de la muerte, que nuestra preocupación ancestral acerca de nuestro destino, cobra diferente cariz. Comienza a presionarnos para que veamos a través de la niebla de la vida diaria. Pero por desgracia este despertar siempre viene de la mano con la pérdida de energía provocada por la vejez. Y no nos queda fuerza suficiente para transformar nuestra preocupación en un descubrimiento positivo y pragmático. A esa altura todo lo que nos queda es una angustia indefinida y penetrante; un anhelo de algo incomprensible, y una rabia comprensible, por haber perdido todo.

No pensar en la muerte nos protege de preocuparnos acerca de morir. Pero es un propósito indigno, para cualquiera. Para los brujos es farsa grotesca. Sin una visión clara de la muerte, no hay orden, no hay sobriedad, no hay belleza.
Un guerrero se esfuerza sin medidas por tener su muerte en cuenta, con el fin de saber, al nivel mas profundo, que no tiene ninguna otra certeza sino la de morir.
Saber esto, da al guerrero el valor de acceder, el valor de aceptar todo sin llegar a ser estúpido, le da valor para ser astuto sin ser presumido, y sobre todo, le da valor para no tener compasión, sin entregarse a la importancia personal.
La muerte no es un enemigo aunque así lo parezca, la muerte no es nuestra destructora aunque así lo pensemos. Es el  único adversario que vale la pena. La muerte nos reta, y nosotros nacemos para aceptar ese reto, seamos hombres comunes o guerreros. Los guerreros lo saben, el hombre común, no. La muerte marca el paso de nuestras acciones y sentimientos, y nos empuja sin misericordia, hasta que nos derrota y gana la contienda. O hasta que  superemos todas las imposibilidades y la derrotemos...
Un guerrero derrota a la muerte y ésta reconoce su derrota dejándolo en libertad, para nunca retarlo más. Esto significa que el pensamiento ha dado un salto mortal a lo inconcebible.
Este salto mortal es el descenso del espíritu, el acto de romper nuestra barrera de la percepción.

Todos estamos solos, pero morir solo, es morir desolado.
Tristeza siente el hombre que odia al ser que le da asilo, la tierra; este ser amado a quien el guerrero le brinda toda su devoción, su dedicación y su afecto. Ella sabe que el guerrero la ama y por eso lo cuida. Para un guerrero no puede haber un amor más grande que el que siente por esta tierra, por este mundo. Solamente si uno ama a esta tierra con pasión inflexible, puede uno liberarse de la tristeza. Un guerrero siempre está alegre porque su amor es inalterable, y su ser amado, la tierra, lo abraza y le regala cosas inconcebibles. Este ser hermoso que está vivo hasta en sus últimos resquicios, y comprende cada sentimiento, nos da cariño, nos cura de nuestros dolores y nos enseña lo que es la libertad. Estamos solos, y sin un cariño constante por el ser que nos da asilo, la soledad es desolación.
Solamente amando a este ser espléndido, se puede dar libertad al espíritu del guerrero, y la libertad es alegría, eficiencia y abandono frente a cualquier embate del destino. Esta es la última lección. Siempre se deja para el último momento, para el momento de desolación suprema en el que un hombre se enfrenta a su muerte y a su soledad. Sólo entonces tiene sentido.
El crepúsculo es la raja entre los mundos, es la puerta a lo desconocido...
Allí está la puerta. Mas allá hay un abismo, y más allá de ese abismo lo desconocido...