Lo bueno para uno y lo útil para los demás.









Que tu alegria sea la alegria de mi alegria.

Espero encontrar lo bueno para mí y lo útil para los demás.

El ojo del cielo. los escultores sagrados toltecas, los orejas largas, que emigraron para escapar de los españoles-

El mito del sacrificio de los dioses
Fue Quetzalcoatl, símbolo de la sabiduría del México antiguo, quien aceptó el encargo de restaurar a los seres humanos, así como proporcionarles después su alimento. Quetzalcoatl aparece en las antiguas leyendas realizando un viaje al Mictlan, “la región de los muertos”, en busca de los “huesos preciosos” que servirán para la formación de los hombres. Quetzalcoatl, ayudado por su doble o “nahual”, logra apoderarse de los huesos para llevarlos luego a Tamoanchan. Allí molió los huesos y los puso después en un barreño precioso. Sangrándose su miembro sobre ellos, les infundió luego la vida. Los hombres aparecen así en el mito como resultado del sacrificio de Quetzalcoatl.

He aquí el relato
 que solían decir los viejos:
“ En un cierto tiempo
que ya nadie puede contar,
del que ya nadie ahora
puede acordarse...
quienes aquí vinieron a sembrar
a los abuelos, a las abuelas,
éstos, se dice,
llegaron, vinieron,
siguieron el camino,
vinieron a terminarlo,
para gobernar aquí en esta tierra,
que con un solo nombre era mencionada
como si se hubiera hecho esto
un mundo pequeño.”
Por el agua en sus barcas vinieron,
en muchos grupos,
y allí arribaron a la orilla del agua,
a la costa del norte.
En seguida siguieron la orilla del agua,
Iban buscando los montes,
Algunos los montes blancos,
Y los montes que humean...

Además no iban
por su propio gusto,
sino que sus sacerdotes los guiaban
y les iba mostrando el camino
su Dios.
Después vinieron,
Allá llegaron,
Al lugar que se llama
Tamoanchan, que quiere decir:
“nosotros buscamos nuestra casa”.

De Tamoanchan, que puede considerarse el origen mítico de la cultura en el México central, dicen los textos que pasaron los antiguos pobladores al “lugar donde se hacen los dioses”, a Teotihuacán.
Relacionando a la ciudad de los dioses con el mito de las edades o soles, afirmaban que en ella había tenido lugar en tiempos remotos la creación del quinto Sol, y de la Luna, que alumbran a la humanidad en la edad presente. Pero quedaba un último problema por resolver a los dioses reunidos en Teotihuacán. Ni el Sol ni la Luna se movían. Los dioses entonces hablaron así:

“-¿Cómo habremos de vivir?
¡No se mueve el Sol!
¿Cómo en verdad haremos
vivir a la gente?
¡ Que por nuestro medio
se robustezca el Sol, sacrifiquémonos,
muramos todos!”

libremente aceptaron la muerte los dioses, sacrificándose para que el Sol se moviera y fuera así posible la vida de los hombres. Moviéndose al fin el Sol, comenzaron una vez más los días y las noches. Los hombres habían merecido su vida gracias al autosacrificio de los dioses.
“En seguida se pusieron en
movimiento, todos se pusieron
en movimiento:
los niñitos, los viejos,
las mujercitas, las ancianas.
Muy lentamente, muy despacio
Se fueron, allí vinieron a
Reunirse en Teotihuacán.
Allí se dieron las órdenes,
Allí se estableció el señorío.
Los que se hicieron señores
Fueron los sabios,
Los conocedores de las cosas ocultas,
Los poseedores de la tradición.
Luego se establecieron allí los principados...
Y toda la gente hizo allí
Adoratorios, pirámides,
Al Sol y a la Luna, después hicieron muchos
Adoratorios menores.

Allí hacían su culto
Allí se establecían los sumos sacerdotes
De toda la gente.
Así se decía de Teotihuacán,
Porque cuando morían los señores,
Allí los enterraban.
Luego encima de ellos construían pirámides,
Que aún ahora están.
Pues según decían:
“Cuando morimos,
no en verdad morimos porque vivimos,
resucitamos, seguimos viviendo,
despertamos.
Esto nos hace felices.
Así se dirigían al muerto,
Cuando moría:
Despierta, ya el cielo enrojece,
Ya se presentó la aurora,
Ya cantan los faisanes color de llama,
Las golondrinas color de fuego,
Ya vuelan las mariposas.”
Por eso decían los viejos,
Quien ha muerto,
Se ha vuelto un dios.
Decían: “se hizo allí dios,
Quiere decir que murió...”

El guardián de su dios,
Su sacerdote,
Su nombre era también Quetzalcoatl.
Y eran tan respetuosos de las cosas de dios,
Que todo lo que les decía el sacerdote Quetzalcoatl
Lo cumplían, no lo deformaban.
El les decía, les inculcaba:
-“Ese dios único,
Quetzalcoatl es su nombre.
Nada exige,
Sino serpientes, sino mariposas,
Que vosotros debéis ofrecerle,
Que vosotros debéis sacrificarle”.